He mentido en el título. Esto no es un currículum ni es convencional, sino una breve autobiografía

He vivido. Tampoco es una confesión.

Me he pasado la vida investigando sobre qué merece la pena aprender y educando sobre lo investigado, siempre en busca de medios para promover cambios sociales o, simplemente, hacer viable la vida en este mundo.

Estudié Filología porque la nota de selectividad no me dio para el periodismo en otra ciudad. No importa: la disfruté muchísimo. Era mi elemento. Me había gustado escribir desde que era un niño, o más niño. Empecé imitando a Miguel Hernández, Lorca y Machado, en poesía, y a Ignacio Aldecoa, en narrativa corta. Rastreando ambientes literarios, contacté con círculos de escritores locales que, a su vez, admiraban a otros: novísimos y contraculturales (por entonces “Joven Poesía Española”) en la neovanguardia poética, Kafka o Juan Goytisolo en la narrativa experimental. Compuse canciones afterpunk y relatos psicodélicos que me hacían sentir viejo a los quince años. Una verdadera chiquillada. Recuperé el sentido, más o menos común, leyendo la maravillosa creación latinoamericana y sus nuevos mundos. Nunca he abandonado el gusto por la experimentación, pero he multiplicado las fuentes mientras investigaba otras literaturas. El resultado: Una historia sin guerras, Canaán.

Me especialicé en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, de donde saqué una beca de investigación (1990-95) y una veta de caudal inabarcable: tesis doctoral sobre la novela como maestra de la vida (o sea, der Bildungsroman). que, veinte años después (2008), se había hecho aún más enciclopédica, el aprendizaje mediado por las narraciones; es decir, Storylearning, un concepto menos practicado que Storytelling. La clave del ser humano, pensaba yo, es el personaje del/a aprendiz, a diferencia de los demás animales y de los demás (falsos) dioses. La Historia humana, después de su gran Filosofía fundadora, se resuelve en las muchas historias de un aprendizaje compartido o compartible y en el legado de una memoria infinita en miles de lenguas.

Conocí los clásicos universales, incluso los proscritos; leí la Biblia en hebreo y los evangelios en griego. Me rebelé contra el patriarcado, que tantos males ha traído y que tan ilegibles e insoportables hace los textos contaminados por sus legitimaciones. No busqué los universales femeninos, sino las autoras, creadoras y corredoras del mundo. Me perdí en la mística sufí, judía y cristiana, en busca de un diálogo cara a cara con la divinidad.

Me volví a encontrar para trabajar en colegios hasta aprobar la oposición, formar una familia y criar a dos hijos de los que estoy paternalmente enamorado. Me casé y me separé. No era la primera vez que me separaba, sí la primera que me casaba.

¿No importa? Claro que importa. Pero soy un amante del amor, en cualquiera de sus variantes (humanas, divinas, terrenales, alienígenas). El amor nos hace libres. No hay vuelta de hoja.

Por perder, había perdido el hilo.

Un poco antes de aquello, nací y crecí en Alicante, una ciudad arrabal de las playas que son su centro cósmico, en el extremo sur de la cultura catalanoparlante. A través de mi hermana mayor disfruté la España en transición a la democracia, aunque de niño había conocido los estertores de la dictadura. Desde entonces he ido pasando por muchas organizaciones sociales o políticas, aprendiendo valores que me comunicaban en el ágora (gr. “plaza pública mediterránea”). El movimiento estudiantil me llevó a ser delegado de alumnos en el Instituto Figueras Pacheco y vicedecano de estudiantes en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universitat d’Alacant, hasta cansarme de un liderazgo más bien alienante. Me apropié el carisma de servidor público, pero tropecé con muros infranqueables. El Movimiento por la Objeción de Conciencia (MOC) hizo que compartiera, negando, el rechazo al militarismo en cualquiera de sus bloques y conociera, afirmando, las alternativas al servicio militar en forma de servicios sociales; tan organizados e integrados en la etapa juvenil (Jugendlehre) como en Alemania, de los que supe mientras trabajaba con una beca Erasmus de posgrado en la Universidad de Bielefeld (1990-91); tan coyunturales y marginales como en España. A pesar de que han pasado casi treinta años, los servicios sociales siguen siendo una paradoja anticapitalista en este país: todavía no dan de comer ni de vivir, más que por cortos periodos de tiempo, a las servidoras y los servidores más necesarios.

Los años ochenta del siglo pasado supusieron una verdadera ola social de solidaridad con Latinoamérica, sujeta a regímenes dictatoriales de un peculiar nazismo hispánico. Fui vicepresidente de la asociación Solentiname (en homenaje a la isla del poeta Ernesto Cardenal) y participé en la acogida a decenas de refugiados centroamericanos. Aproveché la oportunidad que me ofrecieron en la asociación Ekumene para trabajar como cooperante al desarrollo con las comunidades Na Savi (mixtecas) en la Montaña de Guerrero, México, la región más pobre según el PNUD; primero cumpliendo la prestación social sustitutoria (PSS, así se llamaba) en 1993; después, a partir de 1995, integrado en calidad de voluntario hasta el filo del año 2000. Al regreso, no me desvinculé del movimiento indígena: seguí conectado de la manera que pude, a través de la red, investigando sobre la lengua (Tu’un Savi), la cultura y la historia del Ñuu Savi (to be continued).

Desde el año 2000, de nuevo en España, colaboré como voluntario con la Red Acoge, precisamente en el momento de la regularización de un millón de inmigrantes y refugiados, no reconocidos como tales: ucranianos, colombianos, saharauis, subsaharianos. Había decenas de guerras y “conflictos de baja intensidad”. Participé en el comité de campañas de Intermón y, de modo más activo, en conseguir, junto a miles de firmantes, la prohibición de las minas antipersona.

Fui voluntario también en Proyecto Hombre (2002-2004), como efecto secundario de aquel otro año (1995-96) que pasé ejerciendo de educador social a tiempo completo en La Cañada Real (Valdemingómez). Allí iban a parar muchos toxicómanos de Madrid, junto a centenares de familias gitanas, trabajadores sin hogar e inmigrantes africanos o rumanos, al pie del Vertedero Municipal, sus montañas de basura y las dioxinas de la Incineradora. Los PAU de Vallecas habían desmontado varios poblados chabolistas, pero dejaron en pie el más insalubre.

Mi vida no es un río, sino varios que se cruzan y entrecruzan en una marisma. El mar es demasiado impersonal.

Ahora continúa el río MIxteco y el caudal de su lengua. Había muchos aspectos de la Lingüística que ignoraba: la “lengua (Tu’un) de la lluvia (Savi)” me empapó con su simple y hermosa morfosintaxis (minimista), su complejísima combinación o mezcla de espacios mentales (cognitivista), su densa red de argumentos o funciones narrativas (estructural, narratológica), los cuales son coherentes con una sabia red de roles sociales en una cultura milenaria (sociolingüística). El lenguaje es innato, pero la lengua es inseparable del contexto. Por tanto, no basta con el estudio de la sintaxis formal para contribuir a la revitalización de una lengua.

El año 2011 pude asistir al primer Congreso de Desarrollo Lingüístico del Tu’un Savi en una aldea de Guerrero y conocer a Jaime García Leyva, antropólogo mixteco que da la vida cada día por su pueblo, junto a otras personas que trabajan en la planificación lingüística con los pocos recursos a su alcance. El año 2012 contacté a Toño Guerra, un dramaturgo mexicano que ha querido compartir conmigo la investigación de su tesis doctoral sobre los etnodramas mesoamericanos; y una hermosa amistad, que incluye a otras personas: Ofelia Pineda. En la primavera del 2013 tuve la suerte de conocer a Juan Pablo Mora, cuando participábamos en un encuentro de docentes innovadores: el EABE. Se nos ocurrió que un proyecto para revitalizar las lenguas originarias, comenzando por el Tu’un Savi, podía llamar la atención de los estudiantes de Lingüística General. Había que planearlo, con Toño, de manera que los hablantes nativos fueran protagonistas a través de las redes sociales. Así nació, con el protagonismo de hablantes y estudiantes, Ndatiaku Tu’un Savi.

Hasta hace muy poco, el compromiso político se había degradado de tal modo que no entraba en las historias de vida, y menos en un CV. Sin embargo, cuando era adolescente tenía un sentido ético e incluso filosófico, mientras leía a los pensadores del cambio y de la existencia. Formaba parte de mi proyecto vital y mi compromiso por transformar el mundo: primero en las Juventudes Socialistas, desde 1981 hasta el referéndum por la salida de la OTAN; luego, durante la etapa inicial de Izquierda Unida, entre 1987 y 1993, cuando surgió el Partido Democrático de la Nueva Izquierda, a semejanza del italiano, aunque apenas sobreviviera unos cuantos años. He conservado siempre la amistad, pero me hartaron tanto las disputas internas que no quise saber nada de organizaciones políticas hasta la fundación de Podemos, como tantas otras personas de mi generación.

Sinceramente, a punto de cumplir 50 años, la única vergüenza que me da la política es ajena. Creo siempre oportuno volver a comprometerse sobre bases nuevas: participé en el movimiento contra la Guerra de Irak y me declaré en huelga de hambre hasta que nos pasaron por encima. Cuando estalló la crisis económica, anduve buscando y encontré el hilo del 15-M. Siguiendo ese tejido, he llegado a Podemos y participo en el Círculo de Educación.

Mi manera de entender la educación tenía que ser coherente con lo vivido. He practicado el aprendizaje basado en proyectos (ABP), porque me había formado en el desarrollo comunitario como el mejor medio de que los seres humanos desarrollen sus capacidades para ser libres. He intentado que los procesos de enseñanza y aprendizaje ocurran en contextos reales, sin necesidad de simulacros, gracias a la expansión de la realidad que han provocado los medios sociales; la educación expandida y conectada surge de una ciudadanía renovada y reconectada. Para conseguir ese efecto en las aulas, he participado en las redes de aprendizaje docente: “Intenet en el Aula”, “Proyéctate”; o en proyectos colaborativos: “Queremos music/arte”,  “Callejeros Literarios”, “Un paseo con Machado”; y he trabajado para el INTEF. También he promovido proyectos como “Ocho Cuerdas” y “El Barco del Exilio” o una alternativa a la formación de docentes a través del #nMOOC, poco antes que se organizaran los MOOC del INTEF.

Llegué a la conclusión de que el cambio de modelo que necesita nuestro país para afrontar las causas del fracaso y del abandono escolar consiste en una transformación de los centros y sus proyectos educativos, de modo que pueda fraguar una comunidad de aprendizaje entre sus miembros y consolidarse una práctica realmente inclusiva en las aulas. Sin cambiar el prototipo de centro, la formación de los docentes y la introducción de tecnologías siempre nuevas, en constante cambio, seguirán teniendo un efecto superficial sobre una gran parte de los estudiantes. De ahí que me comprometiera hasta las cejas en el “Proyecto Cártama” para la creación de un nuevo centro: el IES Cartima. Costó muchos sacrificios personales. Se ha creado, afortunadamente, como un referente necesario para el futuro. Pero la organización presente de los recursos humanos ha vuelto a desplazarme a otro lugar: el IES Martín García Ramos, donde trabajo durante este curso, 2015-16.

No me extiendo más sobre mi experiencia como educador. Es el tema de este portafolio.