En este enlace, si a alguien le interesa, se puede consultar mi CV.

He vivido. Tampoco es una confesión.

Me he pasado la vida investigando sobre que merece la pena aprender y qué merece la pena aprender, educando sobre lo investigado, siempre en busca de medios para promover cambios sociales o, simplemente, hacer viable la vida en este mundo.

Nací y crecí en Alicante, una ciudad arrabal de las playas que son su centro, en el extremo sur de la cultura catalanoparlante. A través de mi hermana mayor disfruté la España en transición a la democracia, aunque de niño había conocido los estertores de la dictadura. Desde entonces he ido pasando por muchas organizaciones sociales o políticas, aprendiendo valores que me comunicaban en el ágora (gr. “plaza pública mediterránea”). El movimiento estudiantil me llevó a ser delegado de alumnos en el Instituto Figueras Pacheco y vicedecano de estudiantes en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universitat d’Alacant, hasta cansarme de un liderazgo más bien alienante. Eso sí, me apropié el carisma de servidor público. El Movimiento por la Objeción de Conciencia (MOC) hizo que compartiera el rechazo al militarismo en cualquiera de sus bloques y conociera las alternativas al servicio militar en forma de servicios sociales; tan organizados e integrados en la etapa juvenil (Jugendlehre) como ocurre en Alemania, de lo cual supe mientras trabajaba con una beca Erasmus de posgrado en la Universidad de Bielefeld (1990-91); o bien tan coyunturales e incluso marginales como en España. A pesar de que han pasado casi treinta años, los servicios sociales siguen siendo una paradoja en este país: todavía no dan de comer ni de vivir, más que por cortos periodos de tiempo, aunque sea lo que más falta hace.

Estudié Filología porque la nota de selectividad no me dio para el periodismo en otra ciudad. No importa: la disfruté muchísimo. Era mi elemento. Me había gustado escribir desde que era un niño, o más niño. Empecé imitando a Miguel Hernández, Lorca y Machado, en poesía, y a Ignacio Aldecoa, en narrativa corta. Rastreando ambientes literarios, contacté con círculos de escritores locales que, a su vez, admiraban a otros: novísimos y contraculturales (por entonces “Joven Poesía Española”) en la neovanguardia poética y a Kafka o Juan Goytisolo en la narrativa experimental. Compuse canciones afterpunk y relatos psicodélicos que me hacían sentir viejo a los quince años. Recuperé el sentido, más o menos común, leyendo la maravillosa creación latinoamericana y sus nuevos mundos. Nunca he abandonado el gusto por la experimentación, pero he multiplicado las fuentes mientras investigaba otras literaturas. El resultado: Una historia sin guerras, Canaán.

Obtuve el premio extraordinario de licenciatura, para perplejidad de mis colegas del barrio, y me especialicé en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, de donde saqué una beca de investigación (1990-95) y una veta de caudal inabarcable: una tesis doctoral sobre la novela como maestra de la vida (magistra vitae), que comenzó indagando sobre el Bildungsroman, como si el mundo hubiera comenzando en 1800. Tuve que asumir, con estremecimiento, 150.000 años de itinerarios homo sapiens sapiens.

Lo cual significó que, veinte años después, cuando la presenté (2008), mi tesis monográfica se había hecho enciclopédica: el aprendizaje mediado por las narraciones. Si empezó siendo teoría, se había convertido en razón práctica: el concepto de Storylearning es mucho más profundo y significativo para la educación que el manido Storytelling. Sigo pensando que la clave (física y ontológica) del ser humano es el personaje del/a aprendiz permanente, a diferencia de los demás animales y de los demás (falsos) dioses. Frente a la figura todopoderosa de una divinidad maestra, descubrí la humanidad fundamental: la biología, la neurología, la psicología y la pedagogía del aprendiz. La Historia Humana con mayúsculas se resuelve en las muchas historias de aprendizaje compartido o compartible y en el legado de una memoria concreta en miles de lenguas. Cualquier expectativa de futuro en este mundo o en cualquier otro posible depende de que aprendamos a convivir, para lo cual resulta imprescindible que las memorias de las víctimas de tantas injusticias e iniquidades no desaparezcan en la nada ni en un ser mortalmente abstracto.

Conocí los clásicos universales, empezando por los proscritos; leí la Biblia en hebreo y los evangelios en griego. Me rebelé contra el patriarcado, que tantos males ha traído y que tan ilegibles e insoportables hace los textos contaminados por sus legitimaciones, aunque sean de Aristóteles o de Milton. No busqué los universales femeninos, sino a las autoras, creadoras y transformadoras del mundo. Me perdí en la mística sufí, judía y cristiana, en busca de un diálogo cara a cara con el Misterio. Imaginé la fluidez de una asamblea universal de seres vivos, que solo se experimenta en algunos momentos y movimientos históricos de liberación.

Los años ochenta del siglo pasado supusieron una verdadera ola social de solidaridad con Latinoamérica, sujeta a regímenes dictatoriales de un peculiar nazismo hispánico: los herederos del franquismo. Fui vicepresidente de la asociación Solentiname (en homenaje a la isla del poeta Ernesto Cardenal) y participé en la acogida a decenas de refugiados centroamericanos. Aproveché la oportunidad que me ofrecieron en la asociación Ekumene para trabajar como cooperante al desarrollo con las comunidades Na Savi (mixtecas) en la Montaña de Guerrero, México, la región más pobre según el PNUD; primero cumpliendo la prestación social sustitutoria (PSS, así se llamaba) en 1993; después, a partir de 1995, integrado en calidad de voluntario hasta el filo del año 2000. Al regreso, no me desvinculé del movimiento indígena: seguí conectado de la manera que pude, a través de la red, investigando sobre la lengua (Tu’un Savi), la cultura y la historia del Ñuu Savi (to be continued).

Desde el año 2000, de nuevo en España, colaboré como voluntario con la Red Acoge, precisamente en el momento de la regularización de un millón de inmigrantes y refugiados, no reconocidos como tales: ucranianos o colombianos, saharauis, o subsaharianos. Participé en el comité de campañas de Intermón y, de modo más activo, en conseguir, junto a miles de personas, la prohibición de las minas antipersona, como es lógico. Participé en el movimiento contra la Guerra de Irak y me declaré en huelga de hambre hasta que nos pasaron por encima. Comencé a escribir una Historia sin guerras para sanar la herida de las guerras que nunca se acaban.

Fui voluntario, también, en Proyecto Hombre (2002-2004), como efecto secundario de aquel otro año (1995-96) que pasé ejerciendo de educador social a tiempo completo en La Cañada Real (Valdemingómez). Allí iban a parar muchos toxicómanos de Madrid, junto a centenares de familias gitanas, trabajadores sin hogar e inmigrantes africanos o rumanos, al pie del Vertedero Municipal, sus montañas de basura y las dioxinas de la Incineradora. Los PAU de Vallecas habían desmontado varios poblados chabolistas, pero dejaron en pie el más insalubre de todos. Todavía estamos esperando que se actúe de forma coordinada para ofrecer salidas habitacionales a sus deshabitantes.

Como cualquier ser humano, intento que mi biografía sea coherente. Aunque tuviera que marcharme de México bajo amenaza de muerte, quizá para no volver, he seguido remontando el río Mixteco y bebiendo del caudal de su lengua. Había muchos aspectos de la Lingüística que ignoraba: la “lengua (Tu’un) de la lluvia (Savi)” me empapó con su simple y hermosa morfosintaxis (minimista), su complejísima combinación o mezcla de espacios mentales (cognitivista), su densa red de argumentos o funciones narrativas (estructural, narratológica), los cuales subsisten y mutan gracias a una sabia red de roles sociales en una cultura milenaria (sociolingüística). La facultad de lenguaje es innata, pero cualquier lengua es inseparable del contexto. Por tanto, no basta con el estudio de la sintaxis formal para contribuir a la revitalización de las lenguas amenazadas, obviamente.

El año 2011 pude asistir al primer Congreso de Desarrollo Lingüístico del Tu’un Savi en una aldea del estado de Guerrero y conocer a Jaime García Leyva, antropólogo mixteco que da la vida cada día por su pueblo, junto a otras personas que trabajan en la planificación lingüística con los pocos recursos a su alcance. El año 2012 contacté a Toño Guerra, mexicano, que ha querido compartir conmigo la investigación de su tesis doctoral sobre los etnodramas mesoamericanos; y una hermosa amistad, que incluye en el mismo corazón a la poeta, musicóloga y sabia Ofelia Pineda. En la primavera del 2013 tuve la suerte de conocer a Juan Pablo Mora, cuando participábamos en un encuentro de docentes innovadores: el EABE. Se nos ocurrió que un proyecto para revitalizar las lenguas originarias, comenzando por el Tu’un Savi, podía llamar la atención de los estudiantes de Lingüística General. Había que planearlo, con Toño, de manera que los hablantes nativos fueran protagonistas a través de las redes sociales. Así nació, con el protagonismo de hablantes nativos y estudiantes, el proyecto Ndatiaku Tu’un Savi.

Hasta hace muy poco, el compromiso político se había degradado de tal modo que no entraba en las historias de vida, y menos en un CV. Sin embargo, cuando era adolescente, engagement tenía un sentido ético e incluso filosófico, mientras leía a los pensadores del cambio y de la resistencia en existir. Formaba parte de mi proyecto vital y mi compromiso por transformar el mundo: primero en las Juventudes Socialistas, desde 1981 hasta el referéndum por la salida de la OTAN; luego, durante la etapa inicial de Izquierda Unida, entre 1987 y 1993, cuando surgió el Partido Democrático de la Nueva Izquierda, a semejanza del italiano, aunque apenas sobreviviera unos pocos años. He conservado siempre la amistad, pero me hartaron tanto las disputas internas que no quise saber nada de organizaciones políticas durante más de una década.

Entrada ya la cincuentena, la única vergüenza que me da la política es ajena. Creo siempre oportuno dialogar sobre los asuntos públicos y comprometerse en la resolución de problemas. Cuando estalló la crisis económica, anduve buscando y encontré el hilo del 15-M. Siguiendo ese tejido, he participado en el Círculo de Educación de Podemos y sigo implicado en las plataformas por una nueva Ley de Educación (Redes por una nueva política educativa), en los movimientos sociales por el empoderamiento de las mujeres y por la acogida a las personas migrantes y refugiadas, a través del proyecto El barco del exilio.

Mi manera de entender la educación tiene que ser coherente con lo vivido. Intento llevar a la práctica el aprendizaje basado en proyectos (ABP), siguiendo el hilo del desarrollo comunitario como el mejor medio ambiente (“ecosistema de aprendizaje”) para que los seres humanos desarrollen las capacidades que les hacen libres. He intentado que los procesos de enseñanza y aprendizaje ocurran en contextos reales, sin necesidad de simulacros, gracias a la expansión de la realidad que han provocado los medios sociales; la educación expandida y conectada surge de una ciudadanía renovada y reconectada. Para producir ese efecto en las aulas, intervengo en las redes de aprendizaje docente o en proyectos colaborativos; ahora trabajo con el INTEF. También he promovido proyectos como Ocho Cuerdas y El barco del exilio o una alternativa a la formación de docentes a través del #nMOOC, poco antes que se organizaran los MOOC del INTEF.

Concluyo: el cambio de modelo que nuestro país necesita para afrontar las causas del fracaso y del abandono escolar consiste en una transformación de los centros y sus proyectos educativos, de modo que pueda fraguar una comunidad de aprendizaje entre sus miembros y consolidarse una práctica realmente inclusiva en las aulas. Sin cambiar el prototipo de centro, los esfuerzos colectivos por la formación de los docentes y la introducción de tecnologías siempre nuevas, en constante cambio, seguirán teniendo un efecto superficial sobre una gran parte de los estudiantes. De ahí que me comprometiera hasta las cejas en el Proyecto Cártama para la creación de un nuevo centro: el IES Cartima. Costó muchos sacrificios personales. Se ha creado, afortunadamente, como un referente cada vez más sólido.

Pero la organización presente de los recursos humanos no me dejó anclar el sueño. Así que sigo soñando y realizando. Mi experiencia como educador durante los últimos diez años es el tema principal de este portafolio.

 

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